En El Demoledor, Sylvester Stallone interpreta a un policía condenado a ser congelado por toda la eternidad. Por alguna razón que no voy a spoilear —principalmente porque no la recuerdo— lo descongelan antes de que termine la eternidad. Unas décadas después, en realidad. Aunque estaremos de acuerdo en que unas décadas pueden parecer bastante eternas si uno no tiene nada que hacer en sus ratos libres.

¿Y qué tiene que ver esto con la música?

En una escena, Stallone va en un auto y le preguntan si quiere escuchar música de su época. Él, feliz ante la posibilidad de reencontrarse con los grandes éxitos de su juventud, responde que sí. Entonces comienzan a sonar… comerciales.

Jingles.

La broma de la película es que, con los años, las canciones fueron haciéndose cada vez más cortas hasta terminar convertidas en piezas de treinta segundos.

Cuando vi la película me pareció una exageración divertida.

Ahora no estoy tan seguro.

Hace unos días me apareció en Instagram una persona explicando cómo debe estructurarse una canción para funcionar bien en las plataformas: cuántos segundos pueden pasar antes de que ocurra algo interesante, cuánto debería durar la introducción, cuándo entrar al estribillo y, sobre todo, cuánto tiempo debe escuchar alguien antes de que una reproducción cuente.

No estaba explicando cómo escribir una buena canción.

Estaba explicando cómo escribir una canción que el algoritmo no castigue.

Algo parecido está ocurriendo con las series y las películas. Algunos guionistas han contado que las plataformas piden reiterar información en los diálogos porque buena parte del público mira simultáneamente el teléfono. De vez en cuando, entonces, alguien tiene que volver a explicar quién es quién, qué está pasando y por qué ese señor está persiguiendo al protagonista.

Hemos conseguido algo notable: adaptar las obras a nuestra incapacidad de prestarles atención.

Y ahí quizás hay algo más importante que una simple discusión sobre formatos.

Durante miles de años, la música y los relatos fueron también formas de entrenar nuestra atención. Escuchar, anticipar, recordar, reconocer patrones, esperar una resolución. Prestar atención al entorno fue, literalmente, una herramienta de supervivencia.

En Tu cerebro y la música, Daniel Levitin plantea una posibilidad sugerente: cantar alrededor del fuego pudo ayudar a nuestros ancestros a mantenerse despiertos, protegerse de los depredadores y desarrollar coordinación y cooperación dentro del grupo. La vinculación y la cohesión social aparecen allí como una posible función evolutiva de la música.

Ahora hacemos exactamente lo contrario: diseñamos la música, las historias y hasta las conversaciones para que puedan sobrevivir a nuestra distracción.

Siempre imaginamos que la inteligencia artificial acabaría con nosotros como en Terminator: robots, explosiones, persecuciones y Arnold Schwarzenegger entrando por una puerta.

Quizás nos equivocamos de película.

Tal vez el futuro era El Demoledor.

Y puede que la inteligencia artificial ya haya empezado a conquistarnos.

Lo complicado es saberlo.

Para darse cuenta había que estar prestando atención.

Referencia: Daniel Levitin, Tu cerebro y la música, capítulo 9, «El instinto de la música», p. 201 del PDF consultado. El pasaje presenta una hipótesis evolutiva; no utiliza literalmente la expresión «la música es un método de supervivencia».